Hoy, desviándome de la línea editorial de éste vuestro blog, voy a contar una anécdota personal. Quede dicho que me he visto obligada por las circunstancias.
Ahí va:
1919: una bella campesina… huy, no, perdón, ésta no es.
Comencemos de nuevo. Hace ya bastantes años, en la lejana y placentera época en la que el Elfo y yo vivíamos juntos, compartíamos habitáculo con unas eficientes unidades progenitoras a las que, como recompensa, les permitíamos usar el vehículo familiar. Debido al desgaste dicho vehículo hubo de ser sustituido por otro nuevo y mejorado, con lo que la máquina antigua fue devuelta a su Tienda de Origen para su venta y/o reciclaje.
Unas semanas galácticas después, aconteció que una Unidad de Protección visitó el habitáculo (acompañada de su gorra, porra y pistola), para informar a la familia del robo y uso en un Crimen Deleznable del vehículo ya devuelto. A pesar de que la única y honesta intención de la Unidad de Protección (acompañada de su gorra, porra y pistola) era aclarar el misterio de la propiedad del vehículo usado en un Crimen Deleznable, y de que su actitud fue en todo momento correcta y amigable (y acompañada de su gorra, porra y pistola, no olvidemos este hecho), la actitud del Elfo se tornó súbitamente timorata e inoportuna cuando, en el transcurso de la conversación, repitió, no menos de cinco veces:
“Mamá, ¿no deberíamos desatar ya al hombre que tenemos secuestrado en el sótano?”